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POR LAS RAMAS

"EN VERANO.."

"EN VERANO.."
Me encanta levantarme por la mañana y salir a la terraza a oler los pinos, oír chillar a las gaviotas que llevan años indignadas, sin que nadie les haga caso, sentarme a tomarme un café y saborear unas tostadas con queso. Cuando me despierto eufórica, un día sí y otro no, me pongo las zapatillas deportivas y me recorro la playa entera hasta el puerto deportivo, donde se balancean suavemente los yates de lujo a la espera de sus dueños y lo rodeo para subir al monte que lo separa de la playa de la Conca. Desde lo alto de Punta Prima y su acantilado, puedo vislumbrar las islas Medas cuando el tiempo está despejado y si no me las imagino, en medio del mar, en la bahía de Rosas. Llevo años contemplando este paisaje y nunca me canso, me siento en una roca y a menudo me imagino la sensación de echar a volar desde ahí. Dice la leyenda que una doncella lo intento, durante la Guerra de Independencia, para escapar a los soldados que la perseguían. ..Aquí, Las olas se rompen contra las rocas con fuerza y los mismos pinos torcidos siguen aguantando desde hace décadas, la tramontana que sopla con fuerza en este preciso lugar.

Hasta Punta Prima he llegado en numerosas ocasiones a lo largo de los años. Con resaca después de una noche de discoteca, a escondidas de miradas indiscretas, con algún amante de verano, y más tarde sólo para admirar la fuerza del mar en invierno. Aquí también pedí que se cumpliera una última promesa, que se echaran mis cenizas al vuelo para que se fundieran al aire y se las llevaran las olas a otra parte. Pero a las promesas, también se las lleva el viento. Dicen en el pueblo, que a más de uno se la ha ocurrido lo mismo y que los “Mossos” hacen rondas de vez en cuando, para impedir que el lugar se vuelva un auténtico cementerio marino.

A la vuelta de mi recorrido, cojo mi capazo y lo lleno de cosas que solo tienen ahí su sitio y en ningún otro. Mis gafas de sol, mi libro de playa, la crema solar del 50, que no impide que me ponga como una tizon al cabo de pocos días, mis cascos para escuchar música y aislarme de las conversaciones ajenas playeras sobre la temperatura del agua, o el menú del mediodía. También de las broncas familiares sobre quien tenía que llevar el parasol, la silla, los panales del niño o la papilla. Con mi cenicero de playa para no dejar las colillas por la arena, una bolsa de patatas fritas y una coca cola light para no sentirme tan culpable, un periódico, comprado en el quiosco de siempre del paseo, consigo sobrevivir unas horas al tsunami de gente que invade la orilla. Algunos llegan, otros se van, pero año tras año, nos reconocemos los mismos, con menos niños que cuidar y mas arrugas y sobre todo, más ganas de aislarnos en medio de la muchedumbre.

Foto Iphone de Punta Prima con Instagram.
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